Otra vez los inmigrantes

Fuente: Público

AUGUSTO KLAPPENBACH

Los inmigrantes no sirven solamente para ocuparse de trabajos que muchos españoles desprecian o para aumentar nuestra exigua tasa de natalidad: también resultan útiles para cargar con las culpas de nuestros problemas, como el paro o la delincuencia. Pero en estos tiempos de crisis (y sobre todo de elecciones) arrecian las propuestas para librarnos de ellos, sobre todo desde el Partido Popular.

Rajoy ha rescatado como argumento electoral para las próximas generales su propuesta de crear un contrato de integración que los inmigrantes deben aceptar, ya que, en su opinión, “no hay nada peor que el hecho de que no haya integración”, como si la integración dependiera solamente de la voluntad de los inmigrantes. El líder del PP se suma así a las declaraciones más radicales de miembros de su partido en Catalunya, como las del candidato del PP en Badalona, que rozaban la xenofobia. Propuestas que no son exclusivas de España. No conviene olvidar que la Unión Europea (con los votos a favor del Gobierno español) les concedió un dudoso privilegio jurídico: son los únicos ciudadanos que pueden permanecer un año y medio en la cárcel sin que se les acuse de ningún delito (si alguien lo duda, lea los artículos 15 y 16 de la Directiva del Retorno).

Robert Brasilach, un intelectual fascista francés, defendía durante la Segunda Guerra Mundial lo que él llamaba “un antisemitismo razonable”. Nada de campos de exterminio ni pogromos: solo una discriminación civilizada. Muchas propuestas actuales sobre la inmigración adoptan este modelo de xenofobia razonable. Para ser aceptados, los inmigrantes deberán convertirse en modélicos ciudadanos europeos, comprometiéndose a observar una conducta ejemplar que no se pide a los nativos y mucho menos a los políticos. Lo cual nos lleva a la discutida opción entre integración o multiculturalismo.
La integración implica una política de asimilación del inmigrante a los usos y costumbres de su nueva patria, renunciando a aquellas señas de identidad que son difícilmente aceptables por la cultura local. Un ejemplo clásico lo constituye la ley del velo francesa. Por el contrario, los defensores del multiculturalismo insisten en la riqueza que aporta esa diversidad y proponen medidas destinadas a conservar y promover las peculiaridades de otras culturas.

Quizás no haya muchas posibilidades de opción. Nos guste o no, nuestras sociedades serán cada vez más multiculturales, independientemente de las políticas inmigratorias. Es imposible mantener una pequeña isla de prosperidad relativa en un mundo que no puede satisfacer sus necesidades básicas sin que la gente huya de la miseria hacia donde existe alguna posibilidad de vivir dignamente. Ningún control de fronteras podrá evitarlo, sobre todo teniendo en cuenta que la desigualdad entre ambos mundos sigue creciendo.
Sin embargo, creo que hay que huir de cualquier romanticismo multiculturalista, como el representado por los movimientos comunitaristas que proliferaron en la década de los ochenta, que sostenían que las normas jurídicas y morales de una cultura sólo pueden juzgarse en el interior de las mismas. De modo que, según ellos, ninguna cultura puede arrogarse el derecho de decidir acerca de la superioridad o inferioridad de otras, ni siquiera cuando se trata de derechos fundamentales. Este discurso tiene un aspecto atractivo y no le falta un punto de razón: con demasiada frecuencia la civilización occidental se atribuyó el derecho de establecer el criterio ético del mundo entero sin atender a sus propias miserias. Pero el romanticismo culturalista tiene un punto débil muy significativo: su discrepancia con el sentido común. Si llevamos su lógica al límite encontraríamos, por ejemplo, que determinadas prácticas culturales como la antigua costumbre india de quemar a la viuda junto con el cadáver del marido tiene la misma legitimidad que el reconocimiento de los derechos de la mujer.

La llegada masiva de inmigrantes constituye sin duda un enriquecimiento de nuestra vieja cultura. Pero hay que huir de las simplificaciones, tanto la representada por un integracionismo autoritario como de un multiculturalismo relativista. Algunas señas de identidad deben ser rechazadas, aun corriendo el riesgo de ser acusados de eurocéntricos. Los matrimonios impuestos, la ablación del clítoris, los castigos físicos, la sumisión de la mujer, la prohibición de estudiar a los hijos, atentan contra los más elementales derechos humanos, y su respeto, junto con el de las leyes vigentes, constituye una exigencia innegociable. Pero eso no significa establecer como criterio de integración nuestras propias pautas culturales: la verdadera igualdad no consiste en eliminar o disimular las diferencias sino en reconocer la igualdad de derechos entre personas profundamente distintas. Así, por ejemplo, y volviendo al ejemplo del velo islámico, su prohibición convierte una prenda por sí misma indiferente en símbolo de una supuesta concepción de la mujer que no comparten todas las cabezas que lo usan, que aducen razones muy distintas para llevarlo. ¿Es la prohibición el mejor método para integrar a esas mujeres en nuestra sociedad o la prohibición contribuirá a recluirlas en su diferencia? Y así en otros casos.
En definitiva, no cabe duda de que la llegada de muchos inmigrantes en un escaso periodo de tiempo constituye un problema, en el sentido que da a la palabra la Real Academia: cuestión que se trata de aclarar. Pero no es la xenofobia racional que estamos padeciendo en Europa la que puede aclarar esa cuestión.

Augusto Klappenbach es Periodista y escritor

 

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