Cruzando fronteras

Fuente: El Huffington Post

Txetxu Ausín

Decía el maestro Kapuściński que la vida tenía que ver con cruzar fronteras. Y no sólo en relación con ese encuentro con el Otro al que tantas veces se ha referido en su magnífica obra. Ese encuentro y esa convivencia de culturas que desde Heródoto se van descubriendo mutuamente pero que la actual revolución de los transportes y las comunicaciones ha multiplicado exponencialmente. Así, el hecho migratorio actual es la muestra palpable de este proceso de entrecruzamiento, de transmutación social transfronteriza.

Pero no se trata solo de fronteras físicas o geográficas. Hoy en día, se nos plantea también el reto de las fronteras biológicas (quimeras, híbridos y biología sintética), de los márgenes de la vida y la muerte (trasplantes, tecnologías de soporte vital y selección de embriones), de los sexos y los géneros (intersexualidad y transgéneros), de lo humano y lo artificial (cyborgs y medicina de mejora), como está poniendo sobre el tapete el debate bioético contemporáneo.

Todas estas cuestiones implican también un cruzamiento de las disciplinas del conocimiento pues la biología, la física, la medicina, la economía, el derecho, la política, la ética, la literatura, no bastan por sí solas para abordar la complejidad del mundo y de nuestra vida. Volvemos así a la vieja idea clásica de la filosofía que hoy se convierte en la exigencia ineludible de la transdisciplinariedad, del mestizaje no solo cultural o social sino también epistémico.

También nos toca traspasar las fronteras de la justicia, como ha puesto de relieve de modo magistral Martha Nussbaum, recientemente galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012. La filósofa estadounidense planteó en su libro Las fronteras de la justicialas limitaciones de las teorías usuales del contrato social que desatendían la fragilidad humana, nuestra esencial interdependencia, la justicia más allá de las fronteras del estado-nación, y el lugar que ocupamos en el mundo natural con relación a nuestro otro también significativo, los animales no humanos.

Además, Martha Nussbaum traspasa también la frontera que delimita la racionalidad pública como razonamiento moral regido por reglas y procedimientos formales. Nussbaum aboga porque la narración y la imaginación literaria sean un ingrediente esencial de una postura ética que nos empuja a interesarnos por el bienestar de personas y seres cuyas vidas están distantes a la nuestra. En definitiva, Nussbaum recoge la importancia de las emociones y los sentimientos (como hacían Adam Smith o David Hume) para el buen juicio ético, que nos permite participar imaginativamente en la vida de los otros –mediante la compasión y la misericordia–, en lo que Walt Whitman llamaba una “poesía pública”:

«¡Quitad los cerrojos de las puertas! / ¡Quitad las puertas mismas de sus jambas! / Quien degrada a otro me degrada a mí, / y todo acto o palabra al fin regresa a mí…

Digo la clave primigenia, doy el signo de la democracia. / ¡Por Dios! Nada aceptaré que no resulte a todos accesible…

A través de mí voces prohibidas, / voces de sexos y deseos, voces veladas y yo quito el velo, / voces indecentes por mí clarificadas y transfiguradas…

Deslumbrante y arrasador, con qué rapidez me mataría el sol naciente, / si yo no pudiera ahora y siempre irradiar un sol naciente desde mí.» (Walt Whitman).

Y es que para Nussbaum, la literatura, como las Humanidades en general, son ingredientes esenciales de una sociedad democrática decente, como ha desarrollado en su reciente libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Una lección que deberían tener en cuenta nuestros gestores políticos en estos tiempos de crisis económica, fracturas sociales y cuestionamiento del sistema democrático.

Su galardón es estos premios Príncipe de Asturias es un revulsivo y un soplo de aire fresco en este panorama nuestro gris y de vía estrecha. Y “cruzar fronteras” se convierte, por su parte, en divisa de este blog que tienen Ustedes la amabilidad de consultar.

ABECEDARIO:
A de África: El pasado 25 de mayo se conmemoró una vez más el Día de África. En nuestro continente vecino también se cruzan muchas fronteras y, como decía Léopold Sédar Senghor, «en África no hay fronteras, ni siquiera entre la vida y la muerte». Esta afirmación cobra dramática vigencia si atendemos a la desnutrición aguda que asola el continente y que en el Sahel está provocando una hambruna que afecta a más de 16 millones de personas. He escrito en otro lugar sobre el derecho al alimento y las causas estructurales de la inseguridad alimentaria que padecen millones de hermanos en el planeta. Y es que el hambre no es una fatalidad ni es fruto de una carencia de recursos. Pero aunque es preciso actuar de inmediato ante esta enorme crisis, de los 79 millones de dólares que según la FAO son necesarios para ayuda más urgente, apenas se han recaudado 14, menos del 18 por ciento. En España, el dinero destinado a cooperación sufre un recorte de 1.389 millones, el 54 por ciento menos que en el ejercicio anterior. (La reducción en otras partidas como Defensa ha sido del 8 por ciento). El resultado: Pérdida de vidas humanas. ¿Dónde queda nuestra responsabilidad histórica y moral con los países más empobrecidos?

«El hambre es un genocidio programado, tolerado. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Y si las palabras han llegado a perder sentido, habrá que inventar un idioma nuevo». (Ángel Olaran, misionero comboniano en Etiopía).

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