La brújula de los inmigrantes ya no mira solo hacia el norte

Fuente: El País

  • La rutas migratorias están cambiando. Y a un ritmo más rápido del que cabría esperar.
  • Los países ricos del norte tendrán que competir con naciones como China, India, Turquía, Brasil o Marruecos para atraer inmigrantes

 Madrid 29 ENE 2014

España debate si las cuchillas de la valla de Melilla son o no un “método de disuasión” aceptable contra la inmigración; Grecia levanta un muro en la frontera con Turquía; Bulgaria diseña otro para frenar la llegada de refugiados sirios… Pero mientras los Estados intentan protegerse con armaduras varias, el epicentro de los movimientos migratorios se está desplazando poco a poco. Los países ricos del Norte siguen siendo destino prioritario para muchos ciudadanos que buscan un futuro mejor. Pero ya están dejando de ser los más deseados. “Europa, EE UU y Canadá seguirán recibiendo inmigrantes, pero muchos de ellos irán a otros países emergentes”, señala Demetrios Papademetriou, presidente del Migration Policy Institute, un think thank internacional, con sede en Washington. “Los protagonistas de estos nuevos movimientos serán China, India o Turquía, pero también países como Marruecos, México o Indonesia. No hace falta mirar una bola de cristal para saberlo. Es algo que ya está sucediendo. El problema es que aún no somos plenamente conscientes de ello en los países occidentales. Donde sí lo son es allí donde se está produciendo este fenómeno –Turquía, Brasil o Marruecos…”, añade.

Es evidente que los países tradicionalmente receptores de inmigrantes aún piensan que todo sigue igual. Se aprecia en el discurso político imperante, en el que priman expresiones como oleadasavalancha, asalto o llegada masiva de extranjeros, y muchas de las medidas anunciadas recientemente tienen que ver con el levantamiento de nuevos límites, físicos o normativos. Pero un repaso detallado a los datos de los últimos años deja entrever que los flujos migratorios ya no son lo que eran. Y cambian a un ritmo más rápido del que cabría imaginar.

Los desplazamientos desde el Sur –desde los países de renta baja y media– hacia el llamado Norte desarrollado ya no predominan en las grandes corrientes migratorias internacionales. Pablo Lattes, investigador de la División Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, lo detalla así: “Si se mira el total de las últimas décadas, la ruta más importante es entre México y EE UU. Pero si analizamos los últimos años vemos cómo destacan Asia y África. Por ejemplo, si en la década de 1990 a 2000 el incremento del contingente de extranjeros se debió en un tercio a las llegadas a Europa y dos tercios a América del Norte; entre 2000 y 2010 un cuarto se debió a Europa, un cuarto a América del Norte y casi el 40% de los desplazamientos fueron a Asia”. Cuando el periodo que tomamos como referencia se circunscribe solo a los últimos tres años, “un 30% corresponde a Europa, un 18% a Estados Unidos y un 50% a Asia”, añade Lattes. “Si simplificamos, podemos decir que entre 1990 y 2000 el crecimiento del número extranjeros se registraba 100% en el Norte y ahora es de poco más del 50%, mientras el resto son movimientos Sur-Sur. Y creemos que el Sur va a ser cada vez más importante”, añade.

Los expertos en migraciones alertan de que una Europa cada vez más envejecida podría encontrarse en 2030 con un déficit demográfico que dificulte el mantenimiento de su tradicional estado de bienestar, ya vapuleado por la crisis económica última. El viejo continente podría necesitar más inmigrantes justo cuando estos se encuentren mirando hacia otro lado. “Si Europa continua con sus políticas restrictivas existe el riesgo real de que no sea capaz de atraer la inmigración cualificada que necesita en un contexto de competición global”, afirma Catherine de Wenden, socióloga francesa y directora de investigación del CNRS, el equivalente francés del CSIC. De Wenden, que ha dedicado gran parte de su actividad académica durante los últimos 20 años a investigar las migraciones internacionales, está convencida de que en el futuro habrá tanta gente que se va hacia el Norte como hacia el Sur del mundo, “pero el Norte seguirá teniendo necesidad de atraer más inmigrantes”.

El equívoco del actual debate está, según De Wenden, en no reconocer que “la inmigración es un factor de crecimiento económico, un dinamismo frenado por las trabas puestas a la movilidad”. Para esta experta, no se trata de una cuestión económica, sino política: “Todos hablan sobre cómo cerrar más las fronteras, sobre medidas de disuasión, mientras Europa necesita políticas de circulación. Hay que abrir el acceso que ahora tienen diplomáticos, empresarios, etc, a otras categorías laborales, como los jóvenes que cubren trabajos no cualificados, para que tengan la posibilidad de trabajar de manera legal y no se expongan a la muerte o a la explotación de los traficantes”.

in embargo las señales que llegan desde el viejo continente no auguran cambios a corto plazo. Tras la conmoción y el intenso debate suscitados el pasado octubre por la muerte de centenares de migrantes en las costas de la isla italiana de Lampedusa, la urgencia para actuar se ha ido desvaneciendo y la discusión sobre los cambios de las políticas migratorias comunitarias ha sido postergada hasta después de las elecciones europeas de junio. La única respuesta ha sido, una vez más, el reforzamiento de las operaciones militares y la petición de un papel más incisivo para Frontex, la agencia europea creada en 2004 para el control de las fronteras exteriores de la UE.

“Europa está, y seguirá estando, muy confundida en materia de inmigración debido a la retórica de una derecha que más que extrema es oportunista”, señala Papademetriou, presidente del Migration Policy Institute. “El descenso de inmigrantes supondría una pérdida para Europa, que tiene en estos momentos una demografía negativa, y seguirá teniéndola. La inmigración es inevitable. La masiva no es necesaria, pero siempre los necesitaremos”, añade.

Posponiendo el debate sobre una nueva regulación, los dirigentes europeos han elegido no poner sobre la mesa un tema que consideran demasiado arriesgado de cara a los comicios de junio. Esto sucede en un momento en el que los líderes de la extrema derecha, y también los conservadores británicos, han puesto el control de la inmigración en el eje central de su discurso político. Los argumentos son a menudo parecidos y tienen que ver con la presunta “carga económica” que supuestamente tienen los inmigrantes para el estado de bienestar de los países de acogida. El primer ministro británico David Cameron se ha convertido en uno de los paladinos de esta tesis, que recientemente ha sido desmentida por diversos estudios sobre migraciones en Reino Unido.

Una investigación del University College London publicada en el mes de noviembre reveló que en los últimos 10 años los inmigrantes procedentes del área económica europea (los Estados miembros de la UE más Islandia, Liechtenstein y Noruega) han aportado una contribución neta a las finanzas del país de casi 30.000 millones de euros, pagando en impuestos el 34% más de lo que han recibido en términos de prestaciones sociales. Un estudio similar elaborado en 2012 por el Instituto Nacional de Investigación Económica y Social del Reino Unido, tomando como base los inmigrantes no comunitarios -migrantes económicos y estudiantes- concluía que los extranjeros residentes se beneficiaban menos de los servicios públicos que los nacionales, y que el balance relativo entre costes y beneficios era positivo tanto para la economía como para las finanzas públicas.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) también se centró en este aspecto en su último informe sobre Migraciones, y la conclusión general del estudio de impacto fiscal fue que el efecto es menor: “Generalmente no rebasa 0.5% del PIB, ya sea en términos positivos o negativos”. “Sin embargo –se lee en el texto– los inmigrantes normalmente tienen una situación fiscal neta menos favorable que los nacionales, en gran parte debido a que suelen pagar menos en impuestos y en cuotas a la seguridad social, y no porque tengan una mayor dependencia de las prestaciones sociales”.

¿Qué pasaría si las políticas migratorias se restringieran aún más? Le preguntamos a Joel Oudinet, del Centro de Investigación Económica de la Universidad de Paris Norte, coautor de un estudio realizado en el marco de un proyecto europeo sobre los desafíos a los que se enfrenta Europa de aquí al 2030. En él se analizan distintos escenarios sobre la base de la mayor o menor apertura de los países a la inmigración y sus consecuencias en términos económicos. El peor escenario para el crecimiento y el mercado del trabajo de los países de destino es el de “migración cero”, marcado por políticas que buscan reducir al mínimo los flujos migratorios. “Harían falta políticas proactivas para alimentar la inmigración y para pensar en una gestión multipolar de los flujos migratorios”, explica Oudinet. “Tenemos una necesidad real de inmigrantes, aunque hay que afrontar problemas de integración y aceptación por parte de la población nacional”, añade. En su opinión, se debería empezar con desmontar mitos que se retroalimentan de la actual situación de crisis económica: “Como el de que nos roban el trabajo, que es falso. En todos los países de inmigración los puestos de trabajos en determinados sectores –manifactura, limpieza, vigilancia– son cubiertos mayoritariamente por inmigrantes”.

Otro de los mitos está relacionado con los llamados flujos mixtos (inmigrantes económicos y refugiados). Cuando llegan las pateras a las costas europeas el relato oficial los presenta habitualmente como inmigrantes. Sin embargo, cada vez más se trata de personas que llegan a las costas europeas huyendo de guerras y persecuciones políticas. Un fenómeno que ha crecido sobre todo a raíz de las convulsiones posteriores a la llamada Primavera Árabe. En ese caso se trata de refugiados, no inmigrantes.

Un fenómeno en el que tampoco es el Norte el que soporta un mayor peso. “En contra de la percepción general, la mayoría de los refugiados no solo procede del Sur, sino que vive también en esa región”, señala el último informe de la Organización Internacional para las Migraciones. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, los países en desarrollo hospedan a cuatro de cada cinco refugiados, el 80% del total. El Norte da acogida a menos del 20% del total, pero también genera un número mucho más limitado de refugiados (menos del 1% del contingente a escala mundial). Y en el futuro el Sur podría asumir una carga aún mayor. “Otro riesgo muy grave es el crecimiento de la emigración forzosa causado por factores climáticos. Que en principio afectará sobre todo a los países limítrofes (y del Sur)”, añade Oudinet.

Ante la complejidad de los escenarios futuros, la socióloga Catherine De Wenden cree que sería necesario establecer “una gobernanza mundial (en materia de migraciones)”. No parece tarea fácil. “Por un lado está la ONU, que pide hacer más seguras las vías de emigración y que se garanticen los derechos de los inmigrantes; por otro, los Estados que reclaman el control de sus fronteras”. Para Pablo Lattes, de la división de la ONU sobre Población, resultaría más factible establecer acuerdos a nivel regional, porque la gran mayoría de los desplazamientos se producen entre 2-3 países. Y pone como ejemplo a los países del Mercosur, que han adoptado políticas más abiertas: “Se fomenta la posibilidad de salir y entrar, porque si los inmigrantes puede volver a sus países sin trabas son más propensos a hacerlo. Las trabas hacen que la gente no se vaya, porque entrar ha costado mucho esfuerzo. En Suecia también se está viendo algo parecido”.

Los expertos coinciden en que el problema no es la falta de soluciones sino de voluntad política para aplicarlas. “Hay muchos instrumentos que los Gobiernos tienen y pueden usar, pero parece que es cada vez más difícil hacerlo de una forma racional”, señala el presidente del Migration Policy Institute. “Y no es solo un problema europeo. También pasa aquí, en EE UU, donde la reforma migratoria se encuentra en un impasse. Parece que es cada vez más difícil gobernar”, concluye Demetrios Papademetriou.

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