Los negros tiroteados

Fuente: El Mundo
Luis María Ansón

SU MAJESTAD Católica el Rey de España, Su Majestad Cristianísima el Rey de Francia, los Monarcas hiperreligiosos de Holanda, Portugal e Inglaterra se dedicaron durante siglos a cazar a los negros en el África endrina y a trasladarlos como esclavos en las ergástulas de los barcos para que trabajaran gratis total en América.

Ahora, atenazados por la globalización cruel, abandonan los países que los blancos arruinaron para abrirse paso, como inmigrantes, en las naciones expoliadoras. Ay, «dulce raza, hija de sierras, estirpe de torre y de turquesa, ciérrame los ojos antes de irnos al mar, de donde vienen los dolores». Tiroteados al arribar a las playas del egoísmo blanco, se me vienen a los ojos los versos que hablan del manantial: «Déjame hundir las manos que regresan a tu maternidad, a tu transcurso, río de razas, patria de raíces, tu ancho rumor, tu lámina salvaje viene de donde vengo, de las pobres y altivas soledades, de un secreto como una sangre, de una silenciosa madre de arcilla».

Estoy al lado de los negros tiroteados, tal vez porque vi en su día a los soldados oscuros, desangrados, despedazados, con las vísceras esparcidas por la hierba joven, en la guerra del Congo, en el África liminar bantú, tierra primera, cosmos engendrador, donde perdieron el saludo del rocío. He vivido en casa de Léopold Sédar Senghor y he leído los versos de piedra de Aimé Césaire y de Diop. El negro es todavía para muchos blancos «el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura». Los racistas estadounidenses no vacilaban en enviar al soldado negro a defender sus intereses en Vietnam. Lo he visto avanzar por la manigua con el agua palúdica a medio cuerpo, hasta que un vietcong le dejaba tendido para siempre, sobre la tierra extraña, con un puñado de rosas rojas en el vientre y los ojos helados abiertos contra el cielo. Los blancos racistas del alma de barro, los rubios nórdicos, los emperadores del dinero, los especuladores de pueblos, las tribus blancas de Europa y Estados Unidos pagarán un día, los están pagando ya, sus pecados de raza.

Y sí, estoy con los negros tiroteados, con los nietos de la atroz cacería que las naciones europeas prolongaron durante siglos en África para nutrir de esclavos sus ambiciones en América. Me produce profunda tristeza contemplar la escasa reacción que producen los tiroteos, enmascarados tras la verborrea de esos políticos blancos del desdén y la prepotencia.

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