Entonces, ¿qué? ¿Abrimos las fronteras?

Fuente: ElDiario.es

En cuanto alguien cuestiona la política de extranjería, no tarda en aparecer la misma pregunta trampa

No falla. En todo debate sobre inmigración, cuando alguien cuestiona la política de extranjería, lo mismo en una tertulia televisiva que en una cena de amigos, no tarda en aparecer el pesado de siempre con la misma pregunta, ya amarillenta, que te arroja como un cubo de agua: “Entonces, ¿qué? ¿Dejamos las fronteras abiertas y que entren todos?”.

Ahí suelen encallar la mayoría de debates, en un callejón sin salida. En una trampa. Porque la sola formulación de la pregunta ya es una encerrona, una forma tramposa de anular tus argumentos por la vía de cogerte, sacarte en volandas de la tertulia o la cena de amigos, llevarte en un coche oficial y depositarte en el sillón de presidente del Gobierno, para después ponerte en la mano la pluma de firmar decretos: “venga, a ver qué haces ahora, listo, a ver si te atreves a abrir las fronteras”.

Pues no, oye. No te dejes llevar al callejón otra vez. Defiéndete. Para empezar, niégate a responder la pregunta trampa. Primero, porque no es tu problema, no lo has creado tú como para ahora tener que resolverlo en 24 horas. Segundo, porque no vale hablar aisladamente de fronteras, sino de todo un sistema fallido que hace que miles de personas sean expulsadas de sus tierras. La respuesta sensata es: “sí, defiendo la apertura de fronteras, pero dentro de una transformación radical que va mucho más allá de la ley de extranjería.”

¿Significa eso que mientras no se consiga cambiar un sistema económico internacional que fuerza desplazamientos de personas, mientras tanto hay que seguir blindando la frontera? Pues tampoco. No al menos al precio que hemos visto en Ceuta.

No, porque el problema no es la frontera. Y mucho menos la frontera sur, teniendo en cuenta que la entrada de personas por Ceuta, Melilla o el mar es insignificante. En los años de crecimiento económico, cuando llegaba más de medio millón de personas migrantes al año, se estimaba que más de un 70% lo hacía en avión, por algún aeropuerto español, entrando con los papeles en regla o como turistas para luego quedarse. El resto, la mayoría entraba por carretera desde otros países europeos, y menos del 5% venía en patera, pese a que las únicas imágenes de inmigración que nos daban los medios eran las del mar.

Hoy sucede lo mismo con Ceuta y Melilla. Los 30.000 que supuestamente estarían en el norte de África esperando para entrar siguen siendo una cifra modesta comparado con el movimiento de aeropuertos y carreteras.

Pero es que además la frontera en sí misma no es problema, si está abierta o cerrada. Yo he viajado por medio mundo y jamás he tenido que saltar una valla ni llegar a nado a una playa, y a veces eran países mucho más blindados que Ceuta. De la misma forma que la desaparición de controles fronterizos en Europa no vació ningún país. Así que dejemos de poner el foco en la frontera, que no está ahí el problema.

La altura del muro tampoco es un elemento decisivo, ni el número de muertos en el intento. Hace años no había doble alambrada con cuchillas, y sin embargo no saltaban de doscientos en doscientos. Ninguna frontera sirve para impedir la entrada, sino para hacerla más dolorosa, o para operar como una perversa selección natural que garantiza que solo entren los más fuertes, los más listos, los que pagan más.

Aparte de todo esto, al plasta que nos pregunta qué haríamos con la frontera mañana mismo, hay que recordarle más cosas: que para “avalancha”, los más de cinco millones que vinieron durante la década previa a la crisis. Y no solo no hubo conflictos sociales ni aumentó por ellos la delincuencia, sino que además fueron esenciales para sostener la prosperidad de aquellos años. Vinieron sobre todo trabajadores, y generaron mucha riqueza que no repartimos por igual con ellos.

Por último, al pesado de turno avísenle de que si los 30.000 africanos entrasen mañana mismo, seguirían siendo más los inmigrantes que se marchan que los que llegan. Llevamos ya varios años en que son más los que salen del país que los que entran. Y por cierto, entre quienes se marchan, también hay españoles, que se van confiados de no encontrar una maldita frontera que les rechace.

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